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Cuando un hijo adolescente cae en las adicciones: lo que viven los padres

¿Qué viven los padres cuando su hijo adolescente desarrolla una adicción? Resumimos un estudio que identificó ocho experiencias comunes, desde las primeras señales hasta la decisión de buscar ayuda.

Sobre el autor

Escrito por Equipo Lumenia. Nuestros artículos son revisados por el equipo clínico de Lumenia y tienen fines informativos; no sustituyen una valoración profesional.

Cuando un adolescente desarrolla una adicción al alcohol o a otras drogas, no solo cambia su vida: cambia la de toda la familia. Los padres suelen vivir este proceso con confusión, miedo, culpa y mucho cansancio, y casi siempre en silencio.

La mayoría de las investigaciones sobre adicciones se han centrado en adultos. Se ha estudiado mucho menos qué pasa en casa cuando quien consume es un hijo o una hija adolescente, y todavía menos cómo lo viven sus padres (Choate, 2015).

En este artículo resumimos y traducimos, en palabras sencillas, un estudio del investigador Peter W. Choate, de la Universidad Mount Royal en Canadá, publicado en 2015 en la revista científica Behavioral Sciences. Nuestro objetivo es que cualquier familia pueda reconocerse en estas experiencias, entender que no está sola y saber que pedir ayuda a tiempo sí hace una diferencia.

¿Cómo se hizo el estudio?

El investigador entrevistó a 31 madres, padres y otros cuidadores de 21 adolescentes que estaban en un programa de rehabilitación de largo plazo con enfoque familiar. Todos los jóvenes habían sido evaluados con un trastorno por dependencia a sustancias (Choate, 2015).

Algunos datos que ayudan a dimensionar la situación de estas familias:

  • En promedio, los jóvenes dijeron haber empezado a consumir alrededor de los 13 años.
  • 17 de los 21 adolescentes tenían además algún diagnóstico de salud mental, como TDAH, trastornos del estado de ánimo o trastorno negativista desafiante.
  • En 18 de las 21 familias había antecedentes de consumo problemático de sustancias en la familia extendida.

Las entrevistas duraron entre 45 minutos y 2 horas. En ellas, los padres contaron cómo se enteraron del problema, qué intentaron hacer, cómo afectó a la familia y por qué al final decidieron buscar un tratamiento intensivo. De sus relatos surgieron ocho grandes experiencias en común.

Las 8 experiencias que viven los padres

1. Darse cuenta del problema, poco a poco

Casi ningún padre descubrió la adicción de golpe. Lo fueron entendiendo por capas, a veces avanzando y a veces retrocediendo (Choate, 2015). El estudio identificó tres caminos:

  • Una crisis evidente: una intoxicación que terminó en el hospital o un arresto. Fue lo menos común, pero hizo que los padres actuaran rápido.
  • Un hallazgo accidental: encontrar drogas, botellas o un comentario de un hermano o amigo. Esto confundía a los padres, pero no les decía qué tan grave era.
  • Cambios que no sabían explicar: bajas calificaciones, faltas a la escuela, dejar actividades que antes disfrutaba, más secretos y más rebeldía. Muchos padres pensaron que era “cosa de la adolescencia”.

Ante esto, la mayoría reaccionó sobre la marcha, guiada por las emociones: confiscaban lo que encontraban, confrontaban al hijo o se volvían más estrictos. Lo que más los desconcertaba era que el joven pasaba de ser cariñoso a estar furioso de un momento a otro.

2. Cuando el problema empeora

Todos los padres notaron que los amigos de su hijo cambiaron. Los de siempre desaparecieron y llegaron personas nuevas que ellos no conocían. Con el tiempo, sintieron que ya no reconocían a su hijo y que los gritos y las discusiones se volvieron parte de la vida diaria (Choate, 2015).

Algunos padres incluso se encontraron con otras familias que encubrían o facilitaban el consumo, lo que los hizo sentir todavía más solos.

3. Buscar otras explicaciones

La adicción carga con mucho estigma. Por eso, muchos padres buscaron explicaciones que dolieran menos, como depresión, ansiedad o el efecto de un divorcio. Pensaban que, si resolvían eso, el consumo desaparecería (Choate, 2015).

A veces los propios profesionales reforzaban esta idea y se enfocaban en la salud mental sin hablar del consumo. Cuanto más se aferraban los padres a otras explicaciones, más tardaban en atender la adicción.

4. Ver el problema a través de la propia historia

Doce de los 31 padres tenían su propia historia de consumo problemático. Muchos interpretaron lo que vivía su hijo a partir de su propia experiencia. Quienes no tenían esa historia se sentían más perdidos (Choate, 2015).

5. Intentar sobrellevarlo

La vida familiar se volvió caótica. Aumentó el estrés, se debilitó la relación entre la pareja y apareció el enojo. Algunos padres empezaron a pasar menos tiempo en casa, y el otro cargaba con todo (Choate, 2015).

En retrospectiva, varios reconocieron haber hecho cosas desesperadas, como pagar las deudas de drogas de su hijo. Otros intentaron controlar todo: leer sus mensajes y redes sociales o salir a buscarlo, a veces poniéndose en riesgo.

6. Lo difícil que es conseguir ayuda

Pedir ayuda profesional fue un gran paso, pero muchas veces resultó decepcionante. Los padres sintieron que algunos profesionales no entendían la dependencia y evitaban usar palabras como “adicción” (Choate, 2015).

También les frustraba que, por confidencialidad, los terapeutas no pudieran compartirles información sobre su hijo. Además, muchos jóvenes se negaban a ir a terapia o iban sin ningún compromiso.

Lo que sí les ayudó fue que alguien les hablara con claridad. Por ejemplo, policías que les dijeron sin rodeos que el problema podía ser el consumo, y otros padres que habían pasado por lo mismo. Pedir apoyo a la familia extendida fue más complicado: algunos sentían vergüenza o miedo a ser juzgados, y en otros casos los familiares terminaban encubriendo al joven.

7. El impacto en los hermanos

Los hermanos también sufren. A algunos les robaban o los agredían. Otros quedaban en segundo plano porque toda la atención se iba al hijo que consumía (Choate, 2015).

Cada hermano reaccionó distinto: algunos guardaban secretos y sentían culpa, otros se alejaban y se refugiaban en actividades fuera de casa, y otros intentaban asumir el papel de padres.

8. Decidir buscar rehabilitación de largo plazo

Todos los padres del estudio llegaron a un punto en el que ya no podían vivir así. Habían intentado todo y nada funcionaba. Para muchos, la decisión llegó con un miedo muy concreto. Como lo dijo uno de los padres: “Sabía que mi hijo iba a morir” (Choate, 2015).

Señales a las que conviene prestar atención

Ninguna de estas señales, por sí sola, significa que tu hijo tiene una adicción. Pero si notas varias al mismo tiempo, o si se mantienen por semanas, vale la pena hablarlo con un especialista. Estas son las que describieron los padres del estudio (Choate, 2015):

  • Cambios en la escuela: bajan las calificaciones o empieza a faltar.
  • Pierde interés en actividades que antes disfrutaba.
  • Cambia de amigos y no quiere que los conozcas.
  • Se vuelve más reservado y pasa menos tiempo con la familia.
  • Cambios bruscos de humor, de cariñoso a muy enojado.
  • Más rebeldía, gritos o discusiones en casa.
  • Encuentras sustancias, botellas u objetos para consumir.
  • Faltan dinero u objetos en casa.

Lo que nos enseña este estudio

La conclusión principal del autor es que la adicción en un adolescente afecta a toda la familia, y por eso la recuperación también debe incluir a toda la familia: padres, hermanos y, cuando sea posible, familia extendida (Choate, 2015). A partir de sus hallazgos, estas son algunas ideas prácticas:

  1. No es tu culpa no haberlo visto antes. Los padres del estudio no estaban ciegos; simplemente tenían información confusa y contradictoria. Entender la adicción toma tiempo.
  2. Pide que te hablen claro. Los padres valoraron mucho que alguien les dijera directamente que el problema podía ser una adicción. Tienes derecho a preguntar y a pedir explicaciones sencillas.
  3. Busca apoyo para ti también. Los pocos padres que tuvieron su propio acompañamiento terapéutico dijeron que les ayudó mucho a entender sus emociones y a saber cómo responder.
  4. Habla con otros padres. Escuchar a familias que han pasado por lo mismo da validación, esperanza y orientación práctica.
  5. No te olvides de los hermanos. Ellos también necesitan atención, espacio para expresar lo que sienten y, si es posible, ser parte del tratamiento.
  6. Cuando nada funciona, un tratamiento más intensivo puede ser necesario. En los casos de dependencia, las intervenciones ligeras no fueron suficientes para estas familias. Hay programas pensados para estos casos más graves.

No tienes que pasar por esto solo ni sola

Si te reconociste en alguna de estas experiencias, queremos que sepas algo: lo que sientes es comprensible, y pedir ayuda no es un fracaso como padre o madre. Es un acto de amor hacia tu hijo y hacia toda tu familia.

En Fundación Lumenia acompañamos a jóvenes y adultos con problemas de consumo de sustancias, y también a sus familias. Si tienes dudas sobre lo que está viviendo tu hijo, escríbenos por WhatsApp al +52 81 1805 4988.

Si necesitas orientación inmediata en México, también puedes llamar a la Línea de la Vida al 800 911 2000, gratuita y disponible las 24 horas. Si hay un riesgo inmediato para la vida de tu hijo o de alguien más, llama al 911.

Referencia

Choate, P. W. (2015). Adolescent alcoholism and drug addiction: The experience of parents. Behavioral Sciences, 5(4), 461–476. https://doi.org/10.3390/bs5040461

Este artículo es un resumen y adaptación al español, en lenguaje sencillo, del estudio original. El artículo original es de acceso abierto y está publicado bajo la licencia Creative Commons Attribution 4.0 (CC BY 4.0). Todo el crédito de la investigación corresponde a su autor. La traducción, la selección de contenidos y las recomendaciones prácticas son de Fundación Lumenia.

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